viernes, 19 de abril de 2013

Conozca las Esquinas de Caracas protagonistas del 19 de Abril de 1810


El histórico momento Revolucionario del 19 de Abril de 1810, es oportuno para destacar  las esquinas  de la ciudad que nos  recuerda la mencionada gesta independentista. Remontémonos a la época e imaginemos nuestra actual “Plaza Bolívar”, un lugar  donde abundaban  mercaderes,  llamada  “Plaza Mayor o Plaza de Armas” de la Caracas colonial. En sus alrededores  se construyeron las primeras edificaciones: Casa de Gobierno, obispalía, seminario Tridentino, convento de las Monjas Concepción, cárcel Real y la catedral.

                                                     Esquina de la Principal hacia 1866.

La esquina  “Principal”  era conocida  como  Cárcel Real, en sus terrenos existió la casona del Capitán General Sancho de Alquiza, acondicionada para encerrar a los que ellos consideraban enemigos de la monarquía española.  Estuvieron presos Don Simón de Bolívar, y de allí salió  el patriota  revolucionario José María España después de haber sido sometido a torturas  para ser ahorcado por las autoridades españolas, una trágica  mañana del año 1799. Sus ideales y documentos sirvieron de inspiración para elaborar la primera constitución republicana.



Otra esquina, “La Torre” seria protagonista de un trascendental suceso, pues de sus puertas  le fue arrebatado el bastón de mando al gobernador realista Vicente  Emparan por el patriota Francisco Salias. Era jueves santo y  el pueblo caraqueño se había reunido frente al templo  convocando a Cabildo para discutir sobre la disolución de la Junta Suprema de Sevilla (España). Salías, apoyado por el capitán Pedro Ponce le invita asistir a la sesión extraordinaria. La historia es conocida;  Empara no quiso  su  mando y entonces fue trasladado a su casa ubicada en la esquina de las “Madrices”. 

                 La catedral de Caracas con su torre que le da nombre a la esquina, siglo XIX.

Esta casona de Las Madrices llamada así  en recuerdo a las bellas hijas del capitán Domingo Rodríguez de La Madriz fue destinada a usos diversos ocupándola la orquesta Caracas. También funcionó como hotel y  teatro. De igual modo en esta mansión  se festejo el  decreto monaguista del 29 de abril de 1856, mediante el cual se ratifica a Caracas sede de la capital de la República de Venezuela.

La “Esquina de la Sociedad”,  un año después de la gloriosa  jornada de 1810. Se reunió la Junta Patriótica presidida por el más universal de todos los venezolanos Generalísimo Francisco de Miranda y su discípulo  el joven coronel de la milicia Simón Bolívar, estremecido por los aires que se percibían de ruptura  entre los revolucionarios,  aflora con elocuentes expresiones para la posteridad:

“… ¿Trescientos años de calma no bastan? La Junta Patriótica, respeta, como debe, al Congreso de la nación; pero el Congreso debe oír a la Junta Patriótica, centro de luces y de todos los intereses revolucionarios. Pongamos sin temor la piedra fundamental de la libertad suramericana…”
Esquina de Sociedad a Gradillas, 1860.

viernes, 29 de marzo de 2013

Costumbres, tradiciones de la Semana Santa desde los tiempos coloniales en Venezuela



El recogimiento espiritual y corporal era la más sincera expresión de la familia en Venezuela en los tiempos de la colonia, todas las actividades laborales se paralizaban  en Semana Santa con el fin de guardar la liturgia.  Para esos días no se podía comer carne, ni sopas, solamente pescado, sardina y chiquire. También se acostumbraba elaborar hallaquitas de maíz pelado. 

Desde el domingo de Ramos con el reparto de la Palma Bendita, empezaba la Semana Mayor, marido  y mujer  no peleaban, ni a los hijos se les castigaba por temor y respeto al Santísimo. Los hombres se perdonaban cualquier ofensa o simplemente se abstenían de irse a las manos en esos momentos plenos de devoción.  Por las noches, las familias se reunían en las plazas para asistir a la misa y acompañar la procesión del Santo de Turno.  Las cuales se efectuaban en el siguiente orden : 
Lunes, Jesús en el Huerto; martes, Jesús en la columna;  miércoles, Jesús Nazareno; jueves,  Jesús crucificado; viernes, El santo sepulcro. Ya para el sábado se celebraba el día de la Resurrección, donde se cantaba Glorias y Aleluyas.

Las Procesiones eran muy concurridas, pues todo el pueblo se congregaba detrás del santo con la debida compostura. Las mantuanas llevaban vistosas y finas mantillas sevillanas y los hombres llevaban el sombrero en la mano, demostrando respetó y devoción que los caracterizaban. Los santos los cargaban sobre sus hombros la gente del pueblo que de manera fervorosa lo hacía para cumplir promesas, por lo regular con movimiento de derecha a izquierda a medida que avanzaban dos pasos hacia adelante y uno hacia atrás, dando la sensación de un compás melodiosos que inspiraba lo más sublime del alma.

Procesión al Nazareno.

Al llegar el santo a la iglesia lo ubicaban en los sitios acostumbrados y el cura se subía al púlpito para ofrecer a los feligreses el gran Sermón, en donde exaltaban las virtudes de Jesús y de la Virgen María, aprovechando el momento para arengar paternalmente a la feligresía, haciéndoles ver cualquier desvío en que estuviesen incurriendo en las costumbres y tradiciones, o bien para imponerlos alguna necesidad de la iglesia. Luego se retiraban a sus hogares a disfrutar de una cena con pescado, arroz, dulce de coco o de lechoza, donde no podía faltar las amenas charlas que versaban sobre la familia, los valores basados en el respeto al prójimo.

Finalmente, el domingo y como un acto de justicia, los lugareños siguiendo la tradición rellenaba de trapos y pólvora, un muñeco que personifica a Judas Iscariote,  seleccionando un lugar en el pueblo donde previamente colgado a un botalón,  el Judas escuchaba en público, la sentencia que los pobladores sometía a tan vil traidor por hacer vendido por miserables monedas al inocente Jesús, sin embargo la ironía humorística, consistía en un testamento donde el traidor dejaba a cada cual sobre todo de la vecindad algo burlesco o chistoso, los presentes se reían de los chistes, luego se sentencia  a muerte en  la pira, es decir, incendiado al eterno traidor. Dejando una enseñanza de vida a los presentes de no traicionar al amigo, al hermano.


La tradicional quema de Judas en varios lugares de Venezuela .
Cortesía: Correo del Orinoco



domingo, 17 de febrero de 2013

Esquina LLaguno




Antes de que don Felipe Llaguno construyera allí su casa hacia 1785, la esquina se llamó de “Gaspar de Silva”, por haber vivido allí este caballero, hijo del célebre Capitán Don Garci Gonzalez de Silva, desde los primeros años de fundada la ciudad.
Apunta don Carlos Manuel Möller en una de sus páginas coloniales:
La esquina de Llaguno debe su nombre a un personaje importante de su época, allá por la lejana mitad del siglo XVIII: Don Felipe de Llaguno y Larrea, natural de Trucios, encartaciones  de Vizcaya, quién eligió el sitio para fijar allí su residencia.
Probablemente, vino don Llaguno en la legión de vascongados que la famosa compañía Guipuzcoana trajo a Venezuela cuando se estableció en la Provincia, dedicandose a las labores agricolas.
Al elegir el sitio de su morada, con instinto de comerciante, no pago  lo que en otros lugares del montaje caraqueño le ofrecían. Era un lugar relativamente centrico para lo que buscaba su tranquilidad y la de su familia.
Don Felipe era aristócrata, pero no tenía titulos de conde o marqués. La estirpe de los Llaguno desempeñarón cargos relevantes y figurarón entres las más distinguidas familias de Vizcaya.
Casado con Doña Bernarda de Garay y Orbegozo, de cuya unión nacierón en su residencia, siete hijos: dos varones y cinco hembras. Su vida transcurría dedicado a la administracion de sus bienes, a negocios de cacao y añil, macero tanta fortuna que su casa  se convirtió en una especie de banco, donde los negocios eran el día a día. Devoto y miembro de la orden de San Francisco. Obligaba a sus esclavos a rezar después de las duras jornadas agrícolas o de faena a su servicio, en la mansión, a la puerta del oratorio familiar; donde el mismo dirigía las oraciones. Como dato curioso, la casa de Llaguno tenía para aquellos tiempos “caja de agua”  es decir, gozaba del beneficio  del agua propia.
A la muerte de don Llaguno, sucedida  el 31 de octubre de 1788,  a los  47 años de edad, pasó la hermosa casona junto con otras ochenta y cuatro que poseía, amén de catorce solares, a la viuda que estaba embarazada y sus hijos, quienes vivierón allí algunos años. Por el descanso de su alma, su esposa, mandó a celebrar 658 misas de ocho reales plata, cada una. Suma que engrosó la fortuna del reverendo.

Luego la casa fue alquilada; allí vivió el primer Encargado de Negocios de los Estados Unidos, Mr. John Williamson, su deceso ocurrió en esta morada, en 1840. Se estableció la delegación de Francia en el año de 1.859, cuando el Presidente José Tadeo Monagas se asiló en ella, después de enviar su renuncia al Congreso. Posteriormente la ocupó la Legión Británica, luego una compañía petrolera y, por último, la Imprenta Nacional, hasta 1942, cuando fue convertida en Museo de Arte Colonial, inagurado el 16 de diciembre de ese año, con motivo del Centenario del traslado de los restos del Libertador a su ciudad natal, en cumplimiento de su voluntad. En su restauración colaboraron, Carlos Manuel Möller, Vicente Lecuna, Carlos Raúl Villanueva, entre otras personalidades.
A su lado se hallaba otra hermosa casona de la época, propiedad de don Juan de la Vega y Bertodano, donde funcionó el colegio de Niñas fundado por Juan Nepomuceno Chavez, en 1841. Ambas casonas fuerón demolidas en 1953, para dar pasó a la avenida Urdaneta, borrándolas histórica y geográficamente. Los objetos decorativos y muebles que se admiraban  en el Museo Colonial fueron trasladados  a la hacienda del Marqués del Toro; hoy en día conocida como el Museo de Arte Colonial; lugar que atesora buena parte de la historia caraqueña y punto de referencia para quien desea conocer como se vivía en la época colonial; una excelente alternativa para disfrutar en familia, un fin de semana diferente.
Finalmente, la esquina ha desaparecido. Hoy es un tramo de la avenida Urdaneta. Sin embargo, entre tanto asfalto y concreto, persiste en la memoria de los caraqueños el nombre del comerciante de cacao y añil.

 Sala del antiguo Museo de Arte Colonial cuando éste ocupaba la casa de don Felipe Llaguno.
 El patio de la casa de Don Juan de Vegas y Bertodano, luego colegio Chavez. Corazón y pulmón de la casa; fuente de luz y de aire.
Casa de Don Felipe LLaguno  construida a fines del siglo XVIII. Desde 1942 fue sede del Museo de Arte Colonial. Demolida en 1953 para dar paso a la avenida Urdaneta.

domingo, 2 de diciembre de 2012

Esquina de Miguelacho



Los cronistas relatan que cuando Domingo Monteverde ocupó Caracas hacia 1812, después de lograr la capitulación del Generalísimo  Francisco de Miranda, acuerdo que consistió en la entrega de las armas por parte de los patriotas; a cambio, los realistas respetarían personas y bienes. Pacto que no cumplieron los ibéricos, sembrando el terror entre los habitantes de la ciudad. Desde esos tiempos vivió en  la apartada barriada de “La Candelaria”, un pulpero canario llamado Miguel Rodríguez, muy popular por el cariño que profesaba a los niños.
Estaba casado con Paca, quien deseaba figurar en sociedad. “Debes acercarte a Monteverde, para que te dé un puesto, Miguel. No vas a pasar la vida entera despachando manteca y papelón detrás de un mostrador” –expresaba su mujer. Los mantuanos no lo admitían por ser de dudosa procedencia, carente de hidalguía, prosapia y distinción. Con todo esos vilipendios, el oriundo de las islas canarias, continuaba imperturbable despachando en su bodega y obsequiando “Ñapas de Papelón” a los infantes del vecindario.
La popularidad de “Miguelacho”, como afectivamente le bautizaron  crecía día a día. Sus cualidades de buena gente le fueron acercándose más a sus vecinos. Hasta el punto que al atardecer su negocio era sitio de encuentro donde se comentaban los últimos rumores  de la localidad.
Carmen Clemente Travieso, en su obra “Las esquinas de Caracas”, nos relata que entre los contertulios se encontraba un dominico del monasterio de “San Jacinto”, a quien Miguelacho, le comentó que por las noches sentía ruidos que no le dejaban dormir, atribuyéndoselo a un espíritu que vagaba en su morada porque allí había un “Entierro”, es decir, una vasija de barro que sepultaban en las residencias, llenas de monedas u otros objetos de valor; para resguardarla de bandidos; la persona que lo desenterrara cumpliría con la promesa de hacerle misas al alma en pena y libraría la suya de pecados.
El confesor, percibiendo la manía de Miguel, planeo un escenario que lo sacaría de esa situación ofreciéndole las ceremonias gratis al espectro y devolviéndole la paz a la familia Rodríguez.
Los patriotas recuperaron la ciudad, en 1813, con la entrada triunfal del Libertador Simón Bolívar, después de haber culminado la “Campaña Admirable”.
Miguel fue incluido en la lista negra de los isleños realistas, debido a los comentarios de su esposa pero cuando lo fueron a sacar de su casa para ejecutarlo, los chiquillos del lugar se arremolinaron, gritando a todo pulmón: ¡Queremos a Miguelacho, queremos a Miguelacho! Salvándole la vida milagrosamente, su bondad por los infantes aumentó, cuando iban a la bodega hacerle el “mandado” a sus progenitores, le pedían: ¡Mi ñapa, ño Miguelacho! Y desde entonces la esquina, es conocida con el seudónimo del pulpero canario hasta nuestros días…



 Pulpería Caraqueña hacia 1900.

martes, 27 de diciembre de 2011

La Hallaca: tributo a nuestros aborígenes Caraqueños.



“Hierba fue su nombre en principio, ilustre narrador el paraíso creyó hallar en ella, poeta de renombre la llamó odalisca y cantó sus techos rojos, su blanca torre, sus azules lomas”, así se expresa la escritora y cronista venezolana, Irma de Sola Ricardo en su valiosa contribución al estudio de los planos urbanísticos caraqueños.
A la metrópoli de la libertad americana, la  conversa popular la aclama como la “sucursal del cielo”; todos la idolatramos, variada y sempiterna en sus estampas. Solo su nombre ha motivado a la historia: ¡Caracas!
En esta ocasión como parte de nuestro propósito periodístico en conocer las esquinas capitalinas. Se abordara el  nombre de la ciudad, cuyo apelativo  se impuso por sobre el hegemonismo español, que denominaban “Indios Caracas” a los autóctonos pobladores de la región central de la Provincia de Venezuela, desde las riveras del Unare hasta las inmediaciones guajiras del occidente del país.
El investigador Nectario María, hijo de la Congregación de San Juan Bautista de La Salle, en su Historia de la conquista y fundación de Caracas,  expone: “Los primeros europeos que se detuvieron en las costas de aquella región, oyeron de boca de los aborígenes la palabra caracas, con la cual designaban a una planta herbácea de largas hojas, parecida al bledo, que abundaban en la costa del litoral desde La Guaira hasta la región hoy denominada “Los Caracas”. Esto fue suficiente para que dieran este nombre a todos los oriundos de aquellas tierras y provincias…”
Las comunidades étnicas estaban integradas por los toromaimas poblaron el valle donde se asienta la ciudad, los mariches, parte de Petare, la fila de este nombre y la región del sureste hasta el río Tuy; los tarmas, paracotos, chagaragotos, chavavaros, tomusas, quiriquires,  incluyendo los aguerridos teques.
Francisco Herrera Luque, considerado como uno de los más notables representantes de la literatura histórica venezolana,  afirma que existe una vieja leyenda caraqueña que señala al gobernante  Sancho de Alquiza, llamado también Sanchórquiz, hoy en día, nombrado por el conglomerado capitalino como el antiguo camino de los españoles, que se localiza en el cerro “El Ávila”, construido con el esfuerzo y martirio de nuestras comunidades aborígenes.
De acuerdo a la leyenda que refiere Herrera Luque, la tradicional  “Hallaca”, nuestro plato navideño, tiene su orígenes en la hambruna de nuestros nativos que se resistían al trabajo forzoso y preferían morir antes que  realizar faenas esclavizaste. Alquiza fue gobernador de Venezuela entre 1606 a 1611, en su mandato se abrió camino por la montaña hacia la  Guaira, dicho movimiento  de tierra fue revestido por las desgarradas manos de nuestros nativos que fueron sucumbiendo… se alimentaban del poco maíz que podían cosechar, lo molían sobre piedras transformándola en una masa.
Las aceitunas, pasas, carnes, y hasta el toque de vino, tienen que ver con los despojos que los blancos recogían de sus banquetes dándoselo a nuestros aborígenes, es así como este plato ancestral, tiene su aporte del negro al revestirla con hojas de plátano, e hirviéndolos, naciendo un cortejo de sabores y de cultura, un receta caraqueña que se extendió a toda Venezuela, con diferentes sazones dependiendo la ubicación geográfica.
En estas fechas decembrinas, cuando degustemos en familia de nuestro plato navideño, rendiremos tributo a la comunidad aborigen que habitaban este valle de heroísmo y mitos, a ellos, que adoraban  la  naturaleza, la libertad, no conocieron el dinero, la maldad, y en tiempos difíciles pregonaban la solidaridad y la  cooperación. Los Caracas, perpetuaron su nombre por encima de las circunstancias y el tiempo.
No en vano, el máximo representante de Venezuela ante la posteridad el Libertador Presidente, Simón Bolívar, en epístola al Gral. Páez,  fechada en 1825, al rememorar su tierra natal exclamó con sino de grandeza y libertad: “… mi derecha estará en las bocas del Orinoco y mi izquierda llegará hasta las márgenes del río de la Plata. Mil leguas ocuparán mis brazos, pero mi corazón se hallará siempre en Caracas…”. 



viernes, 11 de noviembre de 2011

Esquina de Carmelitas


       Originalmente distinguida como “San Mauricio” por la ermita construida, en 1577,  en honor a este santo,  para que intercediera contra la plaga de langostas que azotó a Caracas, al poco tiempo de fundada. Esta capilla fue destruida por un incendio, y la imagen del patrono trasladada a la capilla de San Sebastián, hoy, “Santa Capilla”.  En el año de 1725, vivía en una  casona, situada al sur de la iglesia de Altagracia,  doña Melchora Josefa de Ponte y Aguirre, quien para aquella fecha solicitó y logró del Rey,  convertir su morada  en un convento dedicado  a las  “Carmelitas Descalzas de Santa Teresa”.  


       Pasarían siete años para que llegasen de México, junto con el obispo Juan Félix Valverde, las primeras religiosas. Apenas instaladas, sobrecogió a las monjas un terror misterioso, - señala Don Blas José Terrero-  que nada las calmaba.  Fue tal el escándalo sobre apariciones que animaron al  cura de la Catedral a escribirle al Rey exponiéndole las dificultades que se presentaban para la fundación del convento. El  monarca,  por Cedula expedida en Sevilla en 1732, ordenó suspender la fundación, dando consentimiento para que las religiosas regresaran al país azteca. Quedándose   la subpriora, quien se ofreció a continuar la obra.


       El obispo logró del Rey la revocación de su anterior cedula, y ordenó proseguir la labor. En 1736, las Carmelitas se instalan para dedicarse a la oración y penitencia en la esquina que hoy, como ayer, lleva su nombre,  pero la consagración de la capilla del claustro fue en 1739,  debido a que prevalecían los rumores en la opinión pública de apariciones de Santa Rosalía, en dicho lugar. Las Monjas trabajaban preparando viandas y confituras para las familias caraqueñas.  Profesó en Carmelitas, la hija mayor de los Condes de Tovar, María Josefa del Buen Consejo, cuya casa se hallaba enfrente, del convento. 


       Su progenitor Don Martin de Tovar y Blanco,  fue capitán de milicias y alcalde de la ciudad, obtuvo el título del Rey Carlos III en 1771, de conde de Tovar y vizconde de Altagracia. Descendiente por línea paterna del conquistador Alonso Díaz Moreno. Su residencia  era testigo de las campanadas del convento que invitaban a las monjas a la oración y donde su niña se unió en fiel comunión. Pero retornaría a su hogar cuando las congregaciones religiosas fueron extinguidas por el decreto guzmancista. La mansión conservó la fachada aristocrática hasta 1933, cuando fue convertida en Oficina de Correos. “Los arquitectos quisieron dar al nuevo edificio estilo colonial cambiaron lo autentico por lo falso” comenta el cronista Núñez.  Allí se hospedaron Humboldt y Bonpland para descansar la tarde de su llegada a Caracas, en 1800.


       Por largos años sus vastas estancias albergaron al Ministerio de Guerra, y entre 1860 y 1861, por un breve periodo se convirtió en residencia presidencial cuando desempeño las funciones de presidente de Venezuela Don Manuel Felipe de Tovar, bisnieto del primer Conde, y a quien en línea de sucesión correspondía el titulo, eliminado por las leyes republicanas. 


      Clausurado el convento se instaló entonces la Tesorería Nacional, y más tarde el edificio, completamente refaccionado según planos de Alejandro Chataing (1906), fue ocupado por el Ministerio de Hacienda, hasta que fue demolido para dar paso a la Avenida Urdaneta. 


       En 1967, el antiguo solar de Doña Melchora y de las monjas Carmelitas fue convertido en sede del Banco Central de Venezuela, obra del arquitecto Tomás José Sanabria. Actualmente solo queda el recuerdo transmitido de generación en generación del antiguo claustro de religiosas que dio origen al nombre de esta arista urbanística capitalina.


FOTO:Convento adecuado para que funcionara el Ministerio de Hacienda.

 Residencia modificada del Conde de Tovar donde funcionó por muchísimos años la oficina Principal de Correos, en la esquina de Carmelitas.